Pilar Abella

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Una Mirada Ardiente

   No me cabe ninguna duda que los buenos conocedores de la expresión pictórica estarán siempre dispuestos a ensalzar las creaciones de Pilar Abella. Podríamos avalar esta convicción con renombrados precedentes que la historia del arte ha puesto en nuestras manos: aludir a los nabis, los fauves o los expresionistas, con su desafiante actitud hacia la exaltación cromática. Y es que algo trasmiten las telas de esta singular artista orensana que la hermanan a los protagonistas de aquellos envidiables años de comienzos del siglo veinte. Ha sido la gran oportunidad de los pintores de raza, que soltaron amarras frente al dictado de lo convencional. Por aquel entonces coincidían en París los insignes adalides del postimpresionismo, cabecillas de la causa irrenunciable: Liberar definitivamente la pintura de concesiones y ataduras. Podríamos incluso imaginar -como si de un sueño encantador se tratase- como captaría el propio Van Gogh, la radiante fisonomía de nuestra pintora. Estamos seguros que lo haría de muy buen grado. El protagonismo de su rostro armonizado en naranjas llenaría el primer plano de ese hipotético retrato y por los lados se dejaría ver una inmensa explanada rebosante de girasoles. El amarillo incandescente del cabello destacaría por su llamativa sensorialidad. En la mirada penetrante de nuestra artista lucirían dos iris perfilados en delicadísimo azul turquesa.

   Recuerdo la ocasión en que una buena amiga común tuvo la deferencia de presentarme a la pintora en la sala de arte del hotel Araguaney de Santiago. Era una fría tarde de marzo y mostraba su obra por primera vez ante un público compostelano gratamente sorprendido. Enseguida percibí que de sus gestos y sus ademanes irradiaba -al igual que de sus cuadros- una vehemencia muy característica y de intenso calor humano.

   Pero referencias personales aparte, tomar contacto con la obra pictórica de Pilar Abella supone, en cualquier caso, dejarse inundar por el entusiasmo que la propia artista vierte en cada una de sus telas. Un rico manantial pletórico de magnetismo e intuitiva inocencia. Podemos hacer constar que muy a pesar de las apariencias, esta misma pintura -la de verdad- cuenta de un tiempo a esta parte con declarados enemigos ciertamente poderosos. Lo “conceptual” en Duchamp y sus seguidores y la consiguiente desconfianza hacia el poder liberador de la belleza, han decidido atenazar la emoción allí donde ésta se encuentre, acosándola hasta las mismas puertas de la agonía. El acceso masivo, de banal “entretenimiento”, a lugares consagrados del arte y de la cultura dan fe de esta misma adversidad. No vendría mal tener en cuenta una hipótesis personal un tanto arriesgada que no me resisto a dejar de comentar en estas líneas: la posibilidad de que la “pintura” como tal no haya sido más que un ciclo histórico cronológicamente bien delimitado, que, partiendo de Giotto y los demás primitivos, se prolongaría, con altibajos, hasta el pistoletazo de Mark Rothko en su estudio de Provincetown en 1970. Algunos flecos sueltos lograrían sobrevivir después de sortear los difíciles condicionantes de nuestros días, gracias, que duda cabe, a algún que otro impulso individualizado del que darían buena razón producciones sorprendentes como la de Pilar Abella en este caso.

   Conviene, sin embargo, dirigir la mirada hacia los representantes alemanes del grupo Die Brücke para encontrar una filiación ancestral a la medida. En todos los que militan en esta tendencia afloran una y otra vez imágenes obsesivas que se vuelcan de continuo en el soporte. En Van Gogh, es el girasol. En el grupo “Puente” las bañistas que retozan en libertad por los lagos de Moritzburg. Pilar Abella retomará una y otra vez sus añoradas embarcaciones de la niñez con grandes velas rebosantes de cadmio. Son elementos someramente configurados, que maneja con desenvoltura hacia el objetivo plástico final de una composición elaborada a conciencia.

   Decía Otero Pedrayo que el gallego siente el mar aún antes de conocerlo. En Pilar Abella ese mar de sus ensoñaciones plásticas no es precisamente el de las costas embravecidas de Fisterra o Mar de Fora. No estamos frente a los roquedos imponentes de Bares ni las mareas vivas del Cantábrico de las que se podría esperar un tópico de referencia. La pintora incide, significativamente, en la placidez de los arenales de Cangas de Morrazo a los que dota del nervio inherente a su magnetismo interior. Deja bien asentado ese principio indiscutible de la pintura de siempre, de que no radica el verdadero interés en el contenido del tema, sino en la manera de tratarlo. No necesita contrastar con la realidad el modelo directo que simboliza sus angustias y sus ensoñaciones. Le basta con dejarse arrastrar por el sentir anhelante de la niñez, de las añoradas excursiones hacia la costa, de la afectividad materna.…. La evocación familiar estará siempre presente en la plástica de Pilar Abella, reforzando incluso los avatares propios a su condición de artista.

   Podríamos identificar con gran detalle muchas de las almas sensibles que un buen día han decidido plasmar a su manera el sentir y la emoción de los mares de Galicia. El de Pilar Abella es, muy posiblemente, y a pesar de los recuerdos, un mar interior, subjetivizado, que se proyecta en la tela como arrebatado por un misterioso impulso vivencial. El arte y la vida se entrelazan en este caso y de ahí surge tan pletórica intensidad.

   Las tradiciones populares aluden sin vacilar al ensañamiento de la naturaleza cuando se trata de justificar la especial emotividad de los artistas. Decían los paisanos de Arles que el estado emocional de Van Gogh se debía al influjo del Mistral. Dalí recoge para sí mismo este criterio peregrino y nos habla de los efectos de la Tramontana. La hipótesis, sin embargo, no es tan disparatada como se pudiera pensar. Quien sabe si la llegada del Siroco fue en su día determinante para dar inspiración a los artistas de la escuela de Venecia. En cualquier caso, no creo que de las inclemencias meteorológicas que sufrimos en Galicia, podamos extraer argumentos sugerentes que poder aplicar a la pintura de Pilar Abella a pesar de su indiscutible galleguidad. La tan traída y llevada “estética del granito” de la que tanto se viene hablando, no resulta tampoco convincente.

   La humildad es probablemente un respaldo muy firme en su condición de artista. No tenemos más remedio que volver de nuevo a Vincent Van Gogh, que confesaba honestamente –a la manera de un Sócrates de nuestro tiempo- no conocer nada racional de la existencia, ni del mundo, ni de los hombres y que asumía el discurrir de la vida diaria a la manera de un largo viaje en ferrocarril desde el que podía disfrutar del sugerente espectáculo de la realidad sin poder ver la locomotora, que es, precisamente, en donde está el impulso. No hay duda que, con este alarde de sinceridad, el gran mártir de la visión postimpresionista de la pintura se declaraba sabedor de la concepción vital más profunda sobre la que podamos reflexionar. El arte puede ser tradición, memoria o ruptura, pero en casos como el que nos atañe, el arte es, antes que nada, el misterio poderoso del hombre agregado a la naturaleza.

   En Pilar Abella predomina la tendencia a lo bidimensional en el tratamiento de las figuras y de los objetos. Los manuales al uso suelen identificar estas composiciones de presencia “relivaria” con la admiración y el influjo que la estampa japonesa despertaba a finales del siglo diecinueve. Pensamos que esta manera de hacer, si perdura en el arte actual, se debe, ante todo, al sentir reverencial del artista hacia el tema a tratar. Pretende nuestra pintora atraerlo hacia sí con afán posesivo y hacia él regresa una y otra vez para dotarlo de cierto halo de sacralidad. No viene al caso reparar ahora en el posible florecer de una pintura femenina de calidad y rasgos bien diferenciados. Esta femineidad tan intensa, tan suya, aún sin dejar de estar presente en la mayor parte de sus telas, se expande con audacia hacia un terreno casi neutral, en el que su propia condición de mujer no le sirve casi nunca de atadura, por lo que apenas podríamos establecer conclusiones positivas al respecto.

   Gran parte de su obra rezuma un vitalismo admirable y alentador, casi heroico para los tiempos que corren. Son elementos compositivos de reflexiva diafanidad, someramente perfilados, de los que emana a su vez un trasfondo desasosegante.
   Como no pensar en Nietzsche al sumergir la mirada en esos trazos a la espátula amplios y jugosos. “..insaciable cual la llama / quemo, abraso y me consumo….” que decía el célebre pensador alemán en uno de sus versos inmortales o aquel otro de “...el aire entero está caliente, el aliento de la tierra abrasa…” .

   Analizando en detalle el conjunto de la producción de Pilar Abella, podemos distinguir ciertas variantes bien notorias en su forma de acercamiento al tema a tratar. A partir de 2004 asume la espátula como vehículo de expresión único y es posible que definitivo, dejando casi de lado el empleo del pincel. Alguna excepción captada con todo el cariño podríamos señalar al respecto, y no es otra que la imagen adormecida de su entrañable “Bambú”, un pastor alemán de pura raza que la acompaña a diario en sus interminables paseos por las veredas de Guntín.

   Nos encontramos unas veces con desmesuradas visiones montañosas o costas escarpadas, como “Crepúsculo”, en la línea de un paisajismo romantizante de tinte decorativo. Otras veces son composiciones marcadamente imaginativas y rebosantes de nostalgia: “Recuerdos”, “Viaje de Carlos I” o “Memorias”. Cuando de figuras se trata, los protagonistas pueden ser músicos rokeros o mujeres silenciosas contemplando el mar. Así “La voz del viento”. No faltan composiciones descentradas de enigmático mensaje o algunas marcadamente formalistas, silueteadas con muy extraña precisión, como es el caso de “Tarde de lluvia”. Pero el grueso de su obra –ya lo hemos señalado- se centra en ese mar entronizado como gran protagonista y pasión existencial insustituible.

   Los discutibles precedentes a tener en cuenta en España la verdad es que son muy pocos. Señalaremos algunas telas de pequeño tamaño de Joaquín Mir o el Benjamín Palencia de los años cuarenta en adelante, junto a ciertos seguidores de la Escuela de Vallecas. En Galicia podríamos pensar, aunque muy de lejos, en Mª Antonia Dans o en un pintor coruñés de triste destino y casi olvidado, González Concheiro, por la agresividad expresiva de su color y de su trazo.

Javier Travieso
Crítico de arte

 

Pilar Abella - pintora@pilar-abella.com