Pilar Abella

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La historia de Bambú

   Una simple mirada sobre la exposición basta para comprender inmediatamente el significado de su título “ Bambu y yo”, a pesar de lo cual, Pili me insiste en una explicación al público, por lo que, conociéndola, no me queda más remedio que ponerme a ello sin rechistar lo más mínimo, aún a sabiendas de que no podré añadir algo que no esté ya reflejado en su obra.

   Bambú fue un perro pastor alemán, de muy buen porte y con todas las características propias de la raza perfectamente definidas, tal y como podéis observar en la obra expuesta y ésta es su historia.

   Cuando hace años un pequeño grupo de amigos asistimos a una cena, muy cerca de Rairo, y el anfitrión me sorprendió al cogerme por el hombro y dirigirme hacia una especie de patio en donde una perra cuidaba a toda su prole, yo no pude negarme a su invitación de elegir uno, pues me cogió en un momento en que sería una descortesía el decirle que no sentía especial atracción por los perros; además, habíamos disfrutado de una generosa cena y seguramente de un buen vino y todo ello hizo que no previese, en ese momento, todos los inconvenientes de acoger a un perro.

   De cualquier manera, al día siguiente, me dirigí de nuevo, esta vez acompañado de mis hijos, a recoger al ya Bambú (ese fue el nombre elegido de entre todos los de la camada). Pero los inconvenientes empezaron pronto; ya en la primera noche, por sus lamentos ante la ausencia de su madre y hermanos; porque hacía de todo en donde le daba la gana; por las protestas en casa debido a que había que limpiar constantemente, etc., etc.

   Sin embargo, el perro se fue haciendo un hueco entre nosotros, con todas las complicidades de mis hijos y también de Miluca que refunfuñaba por la presencia del perro durante el día, pero que, por la noche, lo acurrucaba entre sus piernas, sin que nadie la viese. Ya sabemos de la “hipocresía” de las mujeres.

   Tras la primera semana y, a la vista de que Bambú crecería pronto y de que en un piso no se le pueden habilitar espacios cómodos, una mañana me lo llevé hasta Ferreira, en Guntín (Lugo) a la casa de unos primos, pues sabía que más tarde no podría hacerlo porque mis hijos se estaban encariñando demasiado y debería entendérmelas con ellos; aún así tuve mis problemillas.

   En Ferreira Bambú fue recibido como todo un personaje, pues no olvidemos que el pedigree en un perro es como la corbata en un caballero, símbolo de un estatus que no todos tienen. También por Toby, un perro grande que se encargaba de la guarda y custodia de la casa y que acabaría siendo el compañero y maestro de Bambú, pero que no usaba corbata.

   Como aquel día tenía algo de tiempo me dediqué a enseñarle algunos de los lugares por donde iba a transcurrir su vida y él me seguía con toda la confianza del mundo; recuerdo que, en la “Chousa de Quinte”- donde existe un carballo de tal magnitud que todos podríamos construir sobre él nuestra siempre soñada cabaña infantil-, se volvía completamente loco con las hojas que el viento movía sobre el suelo, a las que se enfrentaba ladrándoles heroicamente, como si las hojas lo oyesen y sujetándolas con sus patas para que no escapasen, como si también las hojas pudieran desplazarse por si solas. Después de una jornada de dura lucha Bambú quedó como un valiente guerrero y yo totalmente satisfecho por su fiereza con las hojas. Su regreso a casa fue como un paseo triunfal después de esa primera escaramuza contra los elementos.

   En Ferreira lo dejé hasta la siguiente visita.

   No sé el tiempo que tardé en volver, pero cuando lo hice, todos comprobamos la alegría del perro al verme. Yo mismo, que nunca había sentido un cariño especial por los perros, empecé a cogerle “algo” a éste, pues ante mi presencia, Bambú se olvidaba, incluso, de quién le daba de comer. Todo ello lo fui comprobando a lo largo de estos años pues tuvo actuaciones que me dejaron perplejo y que llamaban la atención de los más incrédulos. Seguramente, todo se debió a que el perro vio en mí el nexo de unión entre su lugar de nacimiento y el de su destino.

   Bambú fue muy feliz en Ferreira, un pueblo precioso y antiguo, con secuelas importantes del feísmo tan propio del rural gallego, pero con una naturaleza cuidada y trabajada que todo lo impregna; nada más llegar a Ferreira uno comprende que está en un lugar único, por sus prados verdes, sus arboledas milenarias, sus caminos que conducen a parajes increíbles que siempre superan en belleza a lo que pudiste imaginar; su silencio misterioso con murmullo cercano de regatos y fuentes y, surgiendo de toda su historia, el Monasterio de Santa María, antiguo monasterio benedictino de finales del siglo IX que fue abadía muy floreciente en la Edad Media. Y, por tener, Ferreira tiene hasta un río, al que da su nombre, afluente del Miño, que atraviesa el lugar conocido como “O Piagro Negro”, un espacio asombroso que sobrecoge al visitante por su belleza y le produce una especie de temor por la leyenda que todos los habitantes le atribuyen desde tiempos inmemoriales.

   “O Carballal” es otro lugar emblemático de Ferreira, con un camino de ensueño entre árboles de distintas especies, predominando los grandes carballos y castaños y cuya entrada, fue pintada por Pili en varias ocasiones y no sé con que magia, pues contemplando solamente la entrada, uno se adentra en toda su extensión.

   La vida de Bambú fue transcurriendo entre algunas escaramuzas con motivo de sus aventuras amorosas con perras de las cercanías, y ganándose su derecho a la “monta” a base de secuelas causadas por otros competidores que, seguramente, también las llevaron.

   Un desgraciado acontecimiento como fue el fallecimiento de nuestra madre, iba a suponer el encuentro de Pili con Bambú cuando, tras el golpe mortal, Pili decide refugiarse en Ferreira. Hasta entonces solamente había oído hablar de Bambú en conversaciones conmigo pero, como desde pequeña sintió siempre un miedo insuperable hacia los perros, tampoco prestaba especial atención a mis comentarios.

   Algo pasó en aquel encuentro que le hizo cambiar para siempre su postura hacia ellos en general y, hacia Bambú, en particular. Yo no sé con qué extraño sentido, pero creo que Bambú sintió su tristeza infinita y quiso asumirla en parte, como si ello supusiera una disminución de la pena en Pili. El caso es que, a partir de entonces, Pili vivió “su romance” con Bambú hasta el final de sus días, quizá de forma desmesurada, como siempre hace ella, cuidándolo hasta en los detalles más nimios, disfrutando con sus juegos y acompañándose de él en sus múltiples paseos por todos esos lugares de Ferreira; sólo hay que ver la obra que Pili dedicó a Bambú para comprender el cariño que le profesaba; por eso, su muerte, la tiene inmersa otra vez en una profunda tristeza y siente la necesidad de pintar y pintar para desprenderse de sus sentimientos que traslada, en toda su intensidad, a su obra. Porque la pintura de Pili no se entiende sin sentimientos, es de las que se remanga ante el lienzo y contra él estrella su alma. Seguramente a Pili podría definírsele como la pintora de los sentimientos.

   Ver como pintó a Bambú da idea del amor que le profesaba, pero también de la tortura por su pérdida. Me dice Javier Travieso, un sabio en esto de la pintura, que la firmeza de los trazos, los colores y tonalidades empleados y una técnica cada vez más depurada, fusionados con esos sentimientos que salen a borbotones de su alma explican, de alguna manera, toda su obra. Por eso cualquiera de sus cuadros representa siempre algo del mundo espiritual; evocan ilusiones, sueños, nostalgias, esperanzas, melancolía, tristeza, sosiego y desasosiego, soledad, tormento, etc., etc.; un mundo lleno de emociones que convulsionan su espíritu; lo material no le interesa, casi lo desprecia; hasta cierto punto podría decirse que, incluso, la función de comer para ella sólo representa pura supervivencia (qué distintos somos, en esto último, los dos).

   Llegado a este punto, yo pediría al lector que vuelva de nuevo su mirada hacia los cuadros expuestos de Bambú porque, al contemplarlos, comprenderá mejor la ternura de Pili hacia su querido perro, quizá buscando compensarlo por la compañía que éste le proporciono en aquellos momentos tan tristes de su reencuentro y, se dará cuenta de que Pili conocía a la perfección cada gesto, cada movimiento, cada aullido y cada mirada de Bambú; también podrá el lector seguir imaginando sus largos paseos, de día y de noche, por esos lugares tan espléndidos de Ferreira y, seguramente, podrá seguir escribiendo esta historia al analizar las pinceladas que dan vida a Bambú para siempre.

   Una íntima y querida amiga, Plácida Santana, de los Santana de Sandianes, me envió al final del verano pasado, esta frase que leyó en un museo de Marsella con motivo de la exposición de Georges Braque y que le recordó la pintura de Pili: “Un dia me di cuenta de que puedo volver sobre el motivo por no importa qué tiempo. Yo no tengo necesidad del sol, llevo mi luz conmigo.”

“Un jour, m’apercois que je peux revenir sur le motif par n’importe quel temps. Je n’ai plues besoin de soleil, je porte ma lumiére avec moi”
Georges Braque (exposición Marsella , Agosto 2006)

Carlos Abella García
Abogado

 

Pilar Abella - pintora@pilar-abella.com